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Testigo de Otro Mundo, Juan Pérez vivió una experiencia que lo desbordó, Reencuentro tras la Tercera Fase.



 

En 1977, Steven Spielberg nos recordó que no estamos solos en el Universo con Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Los secundaron dos ufólogos, J. Allen Hynek y Jacques Vallée. Cinco años más tarde el director nos presentó de ET, un extraterrestre temeroso, que estaba solo y a 3 millones de años luz de su casa.
En 2018, Alan Stivelman nos guía al enigma de Juan Pérez, un peón rural que a los 12 años se acercó sin miedo a una nave aterrizada en su campo y a la que ingresó voluntariamente. El director argentino rodó un documental emocionante de principio a fin, enamorándonos de aquel peón, hoy un gaucho curioso, solitario y sensible, a quien acompaña en un proceso que le permitirá reconstruir su biografía. El cineasta se dio un lujo grandioso: entusiasmó a Vallée, quien vino a la Argentina para ser parte del rodaje.
Con Testigo de Otro MundoStivelman entra por la puerta grande en un camino de búsqueda de las vidas extraordinarias que están detrás de misterios relacionados con la ufología.

“No estamos solos”. Cómo olvidar el eslogan de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo después de ver esta película, que aborda uno de los casos menos conocidos de la oleada de casos ovni registrados en la Argentina durante el período de su estreno en nuestro país, en julio de 1978 . La inmensa película de Steven Spielbergcontaba, entre otras historias paralelas, las experiencias de Roy Neary (interpretado por Richard Dreyfuss), un contactado en el que ninguna persona seria cree, salvo el Dr. Claude Lacombe (Francois Truffaut) que es, curiosamente, el alter ego del Dr. Jacques Vallée. El ufólogo no solo acaba dándole la razón sino el visto bueno para embarcarse en la aventura más alucinante: viajar en una nave hacia otro mundo. Roy se había quedado solo. Y al final se va, elegido por unos extraterrestres pequeños como niños que lo rodean y se lo llevan, por esas paradojas, como si fuese un Cristo.

Testigo de Otro Mundo retoma, en formato documental y en clave argentina, una de las más caras tradiciones spielbergianas, que consiste en subirse a un platillo volador para espiar desde alguna de sus escotillas a la especie más extraña del universo conocido, los seres humanos.

La película cuenta la historia de Juan Pérez, un gaucho que decidió irse lejos de todo, pero tampoco tanto de la zona rural donde vivió toda su vida, una localidad al sur de la provincia de Santa Fe. Durante muchos años, tal vez demasiados, Juan cultivó una angustia grande, difícil de soportar, o que soporta gracias al peculiar modo, cercano a lo mágico, con que se relaciona con su entorno, especialmente con sus animales. Esa angustia parece estar vinculada con la experiencia que tuvo a los 12 años. Algo que le ocurrió una mañana de septiembre de 1978, hace casi cuarenta años. Ese día su padre le pidió que acercara la tropilla a la estancia donde vivían. Salió al galope con su caballo Cometa. No encontraba todavía a los caballos cuando traspuso un banco de niebla y vio una especie de casilla o tinglado, pero diferente de todo lo que hubiese visto antes. Asombrado ante esa cosa grande y rara que tenía delante de él, no tuvo mejor idea que acercarse, sin la menor sombra de temor, y atar su caballo a lo que parecía una escalerilla. Ese momento de la vida de Juan no se pareció a ningún otro, incluso tampoco a casos similares, en los que el testigo habla de una escena compleja más o menos distante o acaba siendo llevado por la fuerza al interior de una nave, acaso extraterrestre. Juan decidió subir y apenas lo hizo empezó su ingreso a “otro mundo”. Otro mundo ligado, extrañamente, a sus afectos, a sus ancestros y a su mundo interno.

Ese es el “otro mundo” del que Juan fue testigo privilegiado y el que decidió reconstruir Alan Stivelman, quien ya había dirigido la película Humano. Sudamérica renace (2013). El desafío era grande. No hace falta mucho escepticismo para darse cuenta de que el director estaba ante el testigo único de un “encuentro cercano” que derivó en (o fue derivado de) una intensa crisis emocional, que siendo niño ya había sido difícil rearmar su vivencia y que, a casi cuatro décadas de los hechos, lo más probable sería que aportase más información sobre su mundo subjetivo que descripciones precisas sobre el “agente” causante de la experiencia. ¿Cómo resolvió Stivelman ese intríngulis? Abordó de lleno esa subjetividad, desmalezándola, indagando en detalles de su vida a través de una convivencia que le permitió empatizar y luego comprender su sensibilidad, vencer su resistencia a fuerza de mateadas y, por último, ofreciéndole un menú de recursos que le iban a permitir descubrir no quizá la naturaleza última pero sí un legado familiar que fue posible recuperar a partir de su experiencia. Si ese fue el horizonte de Testigo de Otro Mundo, el resultado es pura celebración: el documental desborda esa expectativa y tira de ese hilado a cada minuto, con enorme respeto por el protagonista y mucha cintura para extraer diamante de la cantera de lo desconocido.

A fines de 2016 me reencontré con Juan, invitado por Stivelman, en la localidad entrerriana de Victoria. Me refiero a un reencuentro porque en noviembre de 1988 había compartido con él el X Congreso Nacional de Ovnilogía y VI Congreso Internacional de Ciencia Extraterrestre organizado por la FAECE en la ciudad de Rosario. Un evento más místico que científico donde un Juan veinteañero no pudo hablar, quebrado cuando debió relatar ante un auditorio numeroso su experiencia, y donde yo, que había presentado un trabajo sobre la Hipótesis Psico-sociológica sobre los ovnis, tuve la suerte de poder hablar, y digo que tuve la suerte porque entonces cuestionar el statu quo de la ufología era un auténtico sacrilegio.

En la estancia donde Alan Stivelman rodaba su documental Juan estaba fascinado con todo lo que pasaba a su alrededor, aún más por la visita de Jacques Vallée. El ufólogo franconorteamericano más famoso fuera de los ambientes especializados le había ofrecido completo apoyo a Alan, incluso venir para reencontrarse con Juan, a quien había entrevistado en 1980 durante su primer viaje a la Argentina. A los 77 años, Vallée nos dio a todos una paliza de humildad: meses antes de embarcarse a nuestro país, retomó sus estudios de español solo para conversar con Juan sin intermediarios.

Vallée no es un científico ortodoxo: él viene de ese ambiente ecléctico que cruza ciencia y espiritualidad, y su amor por el caso tenía que ver con haber compartido aquella investigación con su añorada esposa Janine, fallecida hace pocos años, y con su convicción profunda de que aquel niño había sufrido una vivencia extraordinaria, enlazada con su percepción del llamado fenómeno ovni, próxima a la posible existencia de universos interconectados y a la aceptación de que estas experiencias son manifestaciones de “otra” consciencia, “otra” realidad.

Si en Testigo de Otro Mundo su director se hubiese abusado en la exploración de esa hipótesis a la luz de la experiencia de Juan, o de otras similares, yo no sé si la estaría recomendando con el mismo énfasis, considerando el riesgo latente que corren las realizaciones atravesadas por discursos pseudocientíficos.

La armazón estética de Testigo elude lo que hubiera podido ser una narración difícil de seguir, por “las varias capas de diferente nivel de complejidad que constituyen estas experiencias”, como bien había advertido el mismo Vallée. La solución del director fue trazar un relato cronológico del rodaje. El resultado es un viaje que nunca deja de suscitar emociones placenteras, incluso cuando se detiene en momentos dolorosos o que transmiten el desconsuelo de un gaucho-por-siempre-aniñado, blanco del escarnio durante buena parte de su vida y quizá mañana, cuando el documental lo vuelva a poner (ojalá que no) frente a prejuicios estigmatizantes.

Tanto el proceso de investigación previo como el rodaje apuntaron a los aspectos más humanos y enriquecedores desde el punto de vista de la inserción social y cultural del protagonista. Son palabras mayores la puesta, la musicalización, la edición y la hermosa recreación que realizó Stivelman, también guionista, narrador en off y host, para recrear con realismo los hechos relatados por Juan y ,tal vez lo más importante, para tratar de ahondar quién es él, por qué esas cosas le ocurrieron a él y cuál es la raíz, en definitiva, de la angustia existencial que lo acompaña desde aquella experiencia.

Stivelman hace una reconstrucción biográfica de Juan que refleja su lado mágico-salvaje, muestra la sensibilidad de ese gaucho que no parece dejar de llorar y nunca olvidó el maltrato que recibió cuando, siendo muy chico, se expuso a hablar de su experiencia. Un acierto del film es mostrar la evolución de su vida solitaria y su especial relación con la naturaleza; otro mérito destacable es su transparencia, la decisión de no esconder cómo la producción intervino en la vida del protagonista. Por ejemplo, cuando muestra, durante un brindis, la invitación a buscar una explicación de sus vivencias en la sabiduría indígena a partir del descubrimiento, por parte del director, de dos chamanes guaraníes que hacen una interpretación religiosa similar (incluso por su contenido milenarista) a la que ofrece Vallée desde la especulación científica. “Lo maravilloso, quizá, es que la misma realización fue también un proceso terapéutico para Juan”, nos dijo Stivelman tras una proyección a la que asistimos un pequeño grupo de periodistas. Esta observación no solo descansa en el año de sostenida atención que le prestó a Juan el equipo de rodaje, lapso en que fue centro de todas las miradas, si no, sobre todo, a dos cuestiones cruciales sobre las que se asientan las revelaciones de la película. Una, cierta respuesta sobre una presencia entrañable que se manifestó durante su encuentro, como resultado de una regresión a cargo del psiquiatra Néstor Berlanda, presidente de la Fundación Mesa Verde, con quien Juan recordó, conectó y acaso recreó aquella “tribulación ufológica” y gracias a la cual logró reformular preguntas fundantes sobre su existencia. Fue un momento mágico por razones sentimentales y cinematográficas: resuena al viaje de la Dra. Ellie Arroway (interpretada por Jodie Foster), protagonista de Contacto (R. Zemeckis, 1997), la película basada en el libro de Carl Sagan, en la que parece llegar a otro planeta en el que la espera su padre. Dos, la conexión de su biografía y de sus experiencias con un linaje guaraní, por la vía materna, por el que se siente orgulloso. Aquí la película recoge la posta que dejó el antropólogo Diego Viegas en su libro Antropología transpersonal. Sociedad, cultura, realidad y consciencia(Biblos, 2016), sin entrar en ciertos recovecos que propone el autor, altamente especulativos.

Con una mirada adulta y acaso despojándola de cierto entusiasmo ufológico (hilacha que el director no oculta) la película invita a vencer los miedos con afecto, buen arte y alegría. Grandioso aporte fue, en ese sentido, el encuentro en la comunidad Paí Tavyterá de Ña Silvia, líder espiritual de la tribu que no solo tendió un puente entre las vivencias de Juan y la cosmogonía guaraní si no que rezó y cantó para la película, sumándole sonido a ese definitivo clima de otro mundo.

Mi único reproche no es como espectador sino como conocedor del caso, y es la ausencia de algunos detalles, a mi juicio importantes (como la relación de Juan con su padre y el contexto cultural en el que tuvo lugar el suceso) para no perder la oportunidad de comprender la naturaleza de la experiencia a la luz de otras hipótesis.

Como sea, Testigo es una fiesta para los sentidos y sería penoso que quedara confinada a espectadores interesados por los ovnis o la espiritualidad. Es un testimonio conmovedor alrededor de la vida de un ser humano a quien se le manifestó el más extraño encuentro posible con sus ancestros. Su fuerza reside en su impacto en nuestra sensibilidad. Sin duda dejará una enseñanza diferente en cada espectador. Una de ellas: comprender por qué Juan no volverá a sentirse solo.

Fuente: http://factorelblog.com/2018/04/22/testigo-de-otro-mundo/

Web: https://www.testigodeotromundo.com/

 




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